viernes, 27 de septiembre de 2013

II

Como el gallinero de los quejicas seguía en su burdo emperre, nuestro Rey se prestó a disculparse.

Y lo hizo sin ley que le obligara, quizá por cortesía y por no cebar a los protestones en su desproporcionada y tóxica algarada, de fácil contagio demagógico. Lo hizo precisamente para no dar munición a sus detractores, precisamente para, otra vez, ayudar, complacer, tranquilizar a los ingratos españoles, en estos tiempos de numerosos problemas, que han causado ellos mismos con su falta de inteligencia y sensatez, al elegir y sostener gobernantes deleznables cuando no directamente infames y nefastos. Esos gobernantes que, casualmente, jamás se disculpan de las barbaridades, atropellos, malversaciones, etc. que constantemente cometen y a los que nunca la plebe monta pollos tan velozmente enconados y gigantescos, habiendo infinitos motivos.

Don Juan Carlos, como hombre que es, no puede ser perfecto. Pero pasa que los que componen la manada de sus críticos, en general, son mucho más bajitos y de escasa calidad, y la envidia española no descansa.

Esa envidia cuyas torpeza y zafiedad quizá no son capaces de apreciar el remotísimo matiz de travieso crío venerable, un punto pícaro, en la miradilla y los mofletes de este Señor mayor, pero muy veterano de salir con bien, aceptablemente airoso y elegante con mesura, de según qué situaciones, a veces más provocadas que reales.

En más de cuatro cosas, este Rey nos da ejemplo. Y, a muchos, una redonda lección.
A lo mejor, ni se lo propone.

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