miércoles, 25 de septiembre de 2013

El precio

Porque ayer escribí aquí que todos tenemos un precio, un colega me llamó por teléfono, arrebatado por el huracán de la indignación, el amor propio (suyo, de él), el rígido y temerario estiramiento de “para nada te consiento” y “yo no me vendo”.

Primero me asombró su llamada, que no me tienen acostumbrado quienes me conocen a que marquen mi número, consecuentes con el parco o nulo interés que les despierto.

Luego de unos minutos, ya me iba escuchando.

La palabra precio incluye más de cuatro  entendidos, significados, matices, posibilidades. Le dije que bien podría ser el precio de una “miss” un coqueto chalet, una cantidad generosa de dinerito al mes, unas joyas, unos abrigos de piel para el crudo frío invernal; que un ambicioso del éxito comercial en la literatura podría aplicarse a sí mismo el precio de escribir chorradas, con tal de que tuviesen la repercusión y el “boom” deseado. Que el precio de algunos deportistas eximios había tenido mucho que ver con las drogas que van en el dopaje; que el papel ansiado en el reparto cinematográfico, se da por sentado que con ominosa frecuencia hay que pagarlo con complacientes sesiones de amores tan fingidos como sucedáneos.

Que mi propio precio podría situarse entre docenas y docenas de tentaciones (muy variadas: ¿un Morgan Aeromax, un Zimmer, acaso un Bugatti Veyron? O bien, ¿un AC Cobra, un Jaguar XJ 220?)

Le sugerí alguna otra variedad de lo que puede ser el precio de cualquiera: la amenaza de muerte de una persona que amamos. Eso lo saben bien los narcotraficantes, los terroristas, los simples secuestradores de a pie.

Las mayorías, las multitudes ingentes, numerosas como arenas del desierto, vienen siendo más o menos compradas también con esa inmensa falacia del estado del bienestar que, aparte de sonar como redundante, es lo que nos han inventado (aunque no se sostendrá ni con las trampas acumulándose) para que nos vayamos conformando con algunas migajas, sin llegar a armarla del todo; así, los listos pueden seguir con sus desaforados latrocinios, con sus permanentes saqueos.

En caso de duda, acoger la sosegada, incluso parsimoniosa, reflexión inteligente, el cauteloso y prudente paso de los pies de plomo, la consulta fértil y laboriosa en el María Moliner, tanto si viene como si no, de patagio.

Me pareció que mi colega se quedaba dándole vueltas.

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