miércoles, 4 de septiembre de 2013

Adelante

Como el disco de plata que ya han dicho todos que es, la luna llena (la “luna de día” de Juan Manuel) lo miraba por encima del mar. Desde que, finalizando la tarde anterior, había asomado por la parte de atrás de las casas, cada uno había pasado la noche a su modo regular/irregular.
Apenas se levantó, volvió a escuchar por enésima vez el instrumental que compusiera dos días atrás y que lo dejó exhausto. Solemne, triste, como cabía esperar de aquel tránsito, de aquel tiempo. Mientras, observó distraído los libros que se amontonaban ya con creciente confusión en la estantería; el desorden general de esa habitación-leonera donde hacía música, escoltado, vigilado por las guitarras que, enfundadas en sus negros estuches, soportaban en sus cuerdas, en sus piezas metálicas, la minuciosa devastación del salitre, un poco parecidas en su posición vertical a esos guerreros chinos de terracota que habían sido el asombro y la principal atracción del Fórum de Barcelona, a la postre más ruido que nueces. Por cierto, pensó un instante, asumir los distintos grados de protagonismo, las diferentes estaturas, es otra forma de sensatez. Igual convendrían menos eventos y más sosiego.
Volvió a lo suyo: él sabía por qué, había titulado provisionalmente esa música – no sé si pavana o chacona – “Cyrano trae la luna para Roxanne”.

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