lunes, 26 de agosto de 2013

Una reiterada admiración

Aquello era en 2004, más o menos.
Todos los violinistas lo sabemos: una obra de Paganini es lo más parecido a un examen pavoroso, a un campo de minas, además de un prodigioso alarde de bellísima inspiración.
Y la joven Marrero (a quien hemos tenido el privilegio de ver en TV por segunda vez) salva con primor los obstáculos, “glisa” con delicado control, consigue limpios armónicos y “pizzicatos”, nos suspende al desgranar con intención, dulzura, apasionamiento, las fermatas plenas de digitación, los matices de intensidad, ritmo, color y expresión que el genio (de quien se dijo que tenía pacto con el diablo) pródigamente sembró en sus hermosas y virtuosistas composiciones.
Carla, un encanto de nombre, de rasgos, de gestos, nos vuelve a dejar clavados de reiterada admiración, mientras (qué abismo de diferencia) Rajoy y alguno que otro más, siguiendo la estela que iniciaran las hipotéticas “tortas” de Juan José, extienden, con desafiantes llamadas a las valentías/cobardías, el estilo O.K. Corral, que no deja de ser asombroso, tantos años después de la “peli”.      

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